Marea Progresista
Los desafíos del Progresismo en la Argentina
 
 
 
 
 

A poco de recorrer ese ancho mar ideológico conocido como progresismo, el navegante se sentirá entre dos aguas: a babor, las corrientes de izquierda más o menos marxistas, que arrastran tanto a los autodenominados revolucionarios (que, entre otras cosas, admiran a Fidel pero reniegan del uso de la violencia para conquistar el poder) como a los socialdemócratas simpatizantes del pensamiento económico de Keynes(1). A estribor, las poco caudalosas aguas liberales, nutridas de la filosofía de Adam Smith(2), que luchan por despegarse del fantasma "neo" y abogan por un Estado chico y moderno, que deje actuar al mercado pero garantice igualdad de oportunidades, derechos individuales y democracia institucional. Basta detenerse a observar este complejo identikit progresista para que las ambigüedades florezcan en racimo.
Así, el conjunto de individuos y sectores que se sienten comprendidos dentro del progresismo argentino se asemeja a una amplia flota que avanza atomizada y sin coordinación, hacia un horizonte difuso. La historia contemporánea de nuestro país es flaca, sino raquítica, en lo que hace a la generación de experiencias políticas de este tono que hayan conseguido articularse con eficacia y alcanzado trascendencia tanto en lo social como en la conquista de espacios de poder institucional. La patética performance nacional de la Alianza en el período 1999-2001 dejó una hilada de descrédito, desesperanza, bronca y -en el peor de los casos- resignación, entre quienes aportaron a crear una herramienta cuya primera pero no única misión debía ser cerrar el capítulo de neoliberalismo y corrupción que asolaba al país. Las expectativas generadas antes de la llegada al poder del timorato De la Rúa se ensombrecieron con el amanecer de las primeras medidas, cuando el presidente demostró que lo suyo era conservar, continuar y profundizar las políticas económicas de un modelo que ya era velado en gran parte del mundo. La herida de muerte a aquella ilusión fue la clausura que se autoimpuso el último líder popular del progresismo -Carlos "Chacho" Álvarez- y el tiro de gracia tomó forma en la nominación del gran intérprete de la tragedia neoliberal, Domingo Felipe Cavallo.
Fue la posibilidad de que Carlos Menem se perpetuara en el poder el motivador más importante para la generación de aquel espacio en 1997, así como el posible regreso del riojano a la Rosada despertó ahora un respaldo a Néstor Kirchner que no hubiera imaginado ni conseguido jamás sin este gran enemigo (para un desarrollo de esta idea de "el enemigo" ver reportaje al historiador Felipe Pigna en esta misma edición). La palabra "progresismo" volvió a sonar con fuerza en las últimas semanas, ahora en boca de muchos dirigentes que antes bailaban felices en la cubierta del Titanic neoliberal, cuando la convertibilidad le doblaba el brazo a la inflación y las relaciones carnales prohijaban consumos primermundistas. Por si faltaran ambivalencias y contradicciones ahora se prueban el sayo progresista muchos de los que hace unos meses deseaban que fuera José Manuel De la Sota o Carlos Reutemann el sucesor de Eduardo Duhalde. Lo cierto es que el mapa político argentino es tan complejo y la categoría tan imprecisa que son pocos los que pueden tirar la primera piedra.


El problema de los significados


Para colmo, el significado de la palabra "progresista" es tan amplio que no ayuda a definir qué queda adentro y qué no. La aplicación política del adjetivo se remonta por lo menos a las primeras décadas del siglo XIX, cuando las ramas progresista y moderada disputaban espacios dentro del liberalismo español. El progresismo era el sector más radicalizado contra el absolutismo monárquico y el que impulsaba con más decisión las libertades públicas y la autonomía de los ayuntamientos. Por otra parte, la noción de progreso no presenta menos dificultades. Para la ensayista Marta Vassallo "el progresista tenía por definición fe en el futuro, al que concebía como inexorablemente mejor que el presente, como su superación. La paradoja es que los tradicionalmente progresistas hoy al futuro le tienen miedo, y caen en la tentación de la nostalgia. ¿Dónde está el futuro? ¿En la clonación, en el genoma, en la tecnología cuya vanguardia es una industria bélica que alcanza una inconcebible brutalidad precisamente por su alta sofisticación?".
En un interesante artículo, titulado "Acerca del progresismo y del neoprogresismo", escrito antes de que la Alianza llegara al gobierno nacional, el economista y actual asesor de la diputada Elisa Carrió, Rubén Lo Vuolo, se ocupó de desgranar y refutar una nota aparecida en las páginas de opinión del diario Clarín. Esa nota se llamaba "Qué es ser progresista hoy en la Argentina" y llevaba la firma de quienes luego serían dos personalidades económicas del malogrado gobierno de De la Rúa, José Luis Machinea y Pablo Gerchunoff (ambos artículos merecen ser leídos y son fácilmente ubicables en Internet). En su alegato, Lo Vuolo plantea: "Un progresista no puede afirmar que un cambio es irreversible, porque el progresismo es una actitud de vida para la cual no existen referencias externas inconmovibles. Esa actitud es esencialmente creativa, definida en los valores que la impulsan e indefinida en los resultados. Además, si la opinión es que ese cambio supuestamente irreversible es, a la vez, incompleto e injusto, así planteada la cuestión se podría entender que ser progresista hoy en la Argentina significa completar esa injusticia ¿No será que un progresista reniega del cambio injusto y no se plantea completarlo sino revertirlo? No es el cambio lo que define el progresismo sino los valores de ese cambio. La actitud de un progresista es aquella que favorezca un cambio que amplíe las oportunidades de vida de todas las personas y, con ello, el campo de indefiniciones dentro del cual se fomenta el máximo de sus capacidades creativas. De lo contrario, corre el riesgo de transformarse en un neoprogresista muy funcional al movimiento neoconservador".
La discusión entre estos economistas -que, por supuesto, excedió a lo reproducido en estas líneas- da cuenta de la dificultad de precisar la identidad progresista. Ante la obviedad de las diferencias, ¿existen definiciones sobre políticas públicas que sean comunes a quienes ocupan o quieren ocupar ese espacio y que cimenten la construcción de un proyecto común?


Rasgos de identidad

Un rápido pero puntualizado repaso por los aspectos que suelen ser enunciados como prioritarios por los referentes políticos y sociales que se consideran progresistas, permite identificar ciertas coincidencias, ejes que son abordados con distintos matices pero que constituyen un núcleo importante de denominadores comunes.

  • Lucha contra la exclusión socioeconómica y distribución más equitativa de la riqueza: la multiplicación de los índices de pobreza e indigencia conseguida durante la vigencia del modelo neoliberal resulta inadmisible. El Estado, para el progresismo, debería dejar de ser cómplice de los sectores que más se enriquecieron y reducir esa enorme brecha generada entre quienes tienen más y quienes padecen el hambre y la miseria. Las políticas de asistencia social son insuficientes en un país que tiene a una cuarta parte de sus trabajadores desempleados.
  • Estructura tributaria progresiva: la propuesta persistente en esta materia es que se aumente la carga impositiva a los sectores más poderosos y se reduzca la presión sobre el consumo universal (por ejemplo, el Impuesto al Valor Agregado). Asimismo, se considera imprescindible castigar a los grandes evasores, sobre todo a aquellos que suelen lucir su riqueza con impunidad.
  • Articulación entre el mercado y el Estado: la libre competencia debería estar condicionada por una precisa intervención (¿regulación?) estatal que impida el monopolio, la concentración o el avasallamiento de los derechos de los usuarios y consumidores. Los sectores "más radicalizados" del pensamiento progresista impulsan el control de precios o la reestatización de algunos servicios privatizados durante los ‘90.
  • Políticas activas para el desarrollo de la producción nacional: tal vez la más grave consecuencia del modelo implementado en esa década (que encuentra sus orígenes en las vísperas de la última dictadura militar) haya sido la destrucción del aparato productivo nacional, arrasado por la apertura comercial irrestricta, el aumento del costo del crédito y la ausencia de políticas de protección y promoción desde el Estado, entre otras variables (ver dossier en esta misma edición). A partir de ahí, el aumento de las exportaciones y el paulatino proceso de sustitución de las importaciones es una bandera constante de los sectores progresistas nacionales.
  • Soberanía nacional y fortalecimiento del Mercosur: la política de relaciones carnales con los Estados Unidos y los efectos devastadores que tuvo en toda América Latina la ejecución de los mandamientos establecidos por el Consenso de Washington (ver dossier de Demos N° 1) despertaron un profundo sentimiento antinorteamericano y reactualizaron los viejos debates acerca del imperialismo y la dependencia económica y política. La creación del Mercosur fue asumida con entusiasmo por los sectores progresistas del país, que observan en su desarrollo y consolidación una alternativa real para el crecimiento de la región y una posibilidad de contener las ambiciones desmesuradas de la máxima potencia capitalista.
  • Renegociación de la deuda externa: con los años, el cuestionamiento a las actitudes avasallantes de los organismos de financiamiento internacional y la revisión de las condiciones de pago del endeudamiento público mereció una preocupación creciente de los dirigentes de esta ala. En las primeras horas de la recuperación democrática, gran parte de los identificados con el progresismo obviaban pronunciarse respecto al problema de la deuda; aún se creía que era posible ir saldando los compromisos con un crecimiento sostenido de la economía, que nunca se alcanzó en forma genuina durante las siguientes dos décadas. La imposición de condiciones cada vez más gravosas reordenó las preocupaciones económicas y la resolución de este tema pasó a encabezar la agenda de prioridades.
  • Acceso universal a la salud y la educación: la posibilidad de que todos los ciudadanos pueden acceder a salud y educación dignas es compartida por todos los que habitan el espectro progresista. Puede haber ciertos matices referidos a cómo articula el Estado estas funciones con los servicios prestados por los privados, pero ningún "progre" discute sobre la necesidad de organizar un esquema sanitario y otro educativo de carácter gratuito, universal y de excelente calidad.
  • Transparencia política y lucha contra la corrupción y el clientelismo: la sociedad en los últimos años ha tenido un doble divorcio; con la dirigencia, especialmente la política, y con las instituciones del Estado. En ambos casos ha gravitado el lamentable ejemplo de políticos que aprovecharon los resortes institucionales para aumentar su patrimonio económico. Por ello, la generación de espacios políticos transparentes, que busquen reconciliarse con la comunidad y no usufructuar su apoyo, se ha vuelto una urgencia para la progresía. La idea de nuevas formas de representación cabalga por el centro de este campo y despierta controversias entre quienes abogan por la recuperación del sistema de partidos y los que promueven una democracia en la que la representación deje paso a la participación directa (ver en este mismo número la opinión del sociólogo Gerardo Adrogué). La lucha por lograr el castigo de quienes se corrompieron y establecer mecanismos para garantizar la transparencia en el desempeño de la función pública es esencial a este sector ideológico.
  • Fomento del protagonismo ciudadano: en sintonía con lo anterior, la participación social en la definición de los asuntos públicos es marca registrada del progresismo. En Argentina y en el mundo, los foros, las audiencias públicas, los espacios de consenso, así como el trabajo de las organizaciones de la sociedad civil suelen despertar el interés de quienes habitan en el firmamento de la centro izquierda.
  • Defensa y promoción de los derechos humanos: la condena a cualquier tipo de discriminación, el reclamo de justicia para los perseguidos, torturados, asesinados, exiliados o desaparecidos por razones políticas, el castigo a los represores, la lucha por la igualdad son, desde hace décadas, consignas irrenunciables para el progresismo. No existe cabida dentro de este campo de ideas para quien justifique lo actuado por la dictadura militar o quienes acuerden con algún tipo de discriminación política, religiosa, sexual, etaria, de raza o cualquier otra.


Por supuesto, a la hora de definir la nómina de principios y prioridades, cada progresista agregará otros ejes a los antes mencionados, pero es difícil que estos diez no se encuentren dentro de su lista.


Y... ¿entonces?

Lo más difícil no será acordar las cuatro, diez o veinte verdades progresistas. Mucho peor será aceptar la necesidad de salir de la mera actitud testimonial y construir con paciencia y perseverancia una alternativa política con ambiciones de alcanzar el Gobierno nacional, las gobernaciones o los municipios, para poder transformar la realidad tantas veces cuestionada. La historia política contemporánea demuestra que la mayor dificultad del progresismo fue asumir y superar lo que plantea el intendente de Montevideo Mariano Arana, en el reportaje publicado en esta edición: "Administrar los disensos que surgen dentro de toda fuerza política". La experiencia del Frente Amplio, surgido en Uruguay en 1971, contrasta gravemente con la argentina: mientras aquí cada diferencia motivó rupturas y alejamientos que atomizaron el espacio progresista, allí las discusiones (que las hay, muchas y muy fuertes) se resuelven al interior de las fuerzas que integran la coalición Frente Amplio - Encuentro Progresista y permiten visualizar un posible triunfo de Tabaré Vázquez en las elecciones presidenciales del año próximo. No obstante, la apuesta a la construcción de un proyecto duradero no les impidió ir ganando espacios institucionales y demostrando que es posible gobernar bien desde una concepción ideológica de centro izquierda.
En Argentina, el progresismo encuentra expresión política en un tropel de partidos y agrupaciones y ha podido plasmar, desde importantes ciudades y municipios del país, Morón es uno de ellos, gran parte de aquellas ideas que se plantearon párrafos atrás. El desafío es saber si aquella turba de buenas intenciones será capaz de parir un proyecto político y social común, para ampliar los espacios de representación y hacer realidad la ilusión de un país sin injusticias y con oportunidades para todos. Cuenta para ello no sólo con el ejemplo de las buenas gestiones locales sino con un momento histórico singular, en el que el fracaso de la receta neoliberal abrió las puertas para la llegada a varios gobiernos latinoamericanos de dirigentes transformadores de signo progresista, cuyo más claro exponente es el brasileño "Lula" Da Silva.


1. John Maynard Keynes (1883-1946) fue un economista inglés cuya doctrina se destacó por el impulso de una intervención activa del Estado para garantizar el pleno empleo. Su influencia fue muy importante en todo occidente tras la crisis del ‘30 y sus ideas son rescatadas hoy por gran parte de los economistas del mundo.

2. Adam Smith (1723-1790) fue un filósofo y economista escocés, reconocido como el padre del pensamiento liberal. Conceptos como la división del trabajo, la oferta y la demanda o la libre competencia son centrales en su doctrina y su influencia ha sido enorme en todo el pensamiento económico moderno y contemporáneo.

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