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Para quienes nos sentimos parte del espacio progresista
-con todas las ambigüedades que esa pertenencia tiene-, asumir responsabilidades
de Gobierno es un enorme desafío. No estamos acostumbrados a ejercer
un cargo público ejecutivo, y esa cierta marginalidad institucional
es, al mismo tiempo, virtud y defecto, dependiendo de quién la
observe. Para muchos, el "deber ser" del buen progresista encuentra
su mejor y tal vez única expresión en la actitud opositora.
Asimismo, quienes suelen ser oficialistas señalan la inexperiencia
de los "progres" como su mayor defecto.
Resulta evidente que la mayoría de los dirigentes políticos
de este sector del espectro ideológico adquirimos nuestra poca
o mucha inserción pública merced a una historia marcada
por esa conducta opositora. Gran parte de nosotros nos hicimos más
o menos conocidos por nuestra constancia en cuestionar las injusticias
promovidas desde distintos espacios institucionales. Crecimos a la luz
de la crítica de las políticas que implementaron o intentaron
implementar los sectores concentrados del poder económico y sus
gestores gubernamentales. Podríamos decir que el terreno más
fértil para el surgimiento de dirigentes progresistas ha sido,
y aún es, la oposición. Y no está nada mal que así
sea.
Pero esto ha generado un enorme bache: ser progresista se ha transformado
a lo largo de décadas en sinónimo de ser opositor. Y cuesta
salir de ese lugar. Cuesta someterse al desafío de crecer, de desarrollar
el pensamiento transformador, por fuera de la gestualidad opositora. Hacernos
cargo de sintetizar la diversidad social y política y traducir
nuestro ideario en acciones de Gobierno, es un reto inmenso.
Es más fácil, más cómodo y menos contradictorio
anclarse en una actitud testimonial, de señalamiento permanente,
que arremangarse para transformar la realidad cuestionada. Pareciera que
no es posible hacerlo sin borrar con el codo lo que se escribió
con la mano, y yo puedo dar fe de que eso es falso. Es tan difícil
como absolutamente posible gobernar y ser coherente con las banderas alzadas
durante los momentos de oposición. Y es más: la mayor riqueza
de ejercer el Gobierno para un progresista consiste en demostrar que las
cosas pueden hacerse de otra forma, que un Estado puede combatir con acciones
concretas la desigualdad y que es falso que los ámbitos de decisión
gubernamental sean sólo poleas para facilitar la obtención
de réditos para diversos lobbies y mafias poderosas.
Es un gran desafío porque ya no se trata de señalar lo que
está mal o sugerir lo que se debe hacer, sino de poner manos a
la obra; pararse de cara a la sociedad y buscar soluciones concretas a
sus inquietudes y necesidades; calcular los recursos necesarios para implementar
políticas eficientes; conseguirlos en forma equitativa; enfrentar
la acción de quienes quieren mantener o ampliar sus privilegios;
multiplicar los espacios de participación; generar consensos que
den mayor legitimidad a las acciones; administrar democráticamente
los disensos; desandar la tendencia a la burocratización del Estado;
generar mecanismos para modernizar la administración pública
(sin que eso signifique transformar a los funcionarios en gerentes ni
a los vecinos en clientes); eliminar de cuajo cualquier resabio de corrupción
y terminar con la cultura social y políticamente instalada de la
prebenda, la coima y el clientelismo; enfrentar y superar con creatividad
y eficiencia las crisis económicas, la caída en los ingresos
públicos o el aumento de la demanda social; y, entre muchas otras
cosas, articular acciones con otros niveles estatales (más allá
de los signos políticos de sus autoridades).
En síntesis, se trata de ser eficiente; no sólo en el sentido
de producir realmente un efecto, sino de que éste se encuentre
orientado a eliminar la exclusión y la marginalidad, garantizar
la ciudadanía plena y lograr un desarrollo social, económico,
cultural y urbanístico equitativo.
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