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ENCUENTRO POR LA DEMOCRACIA Y LA EQUIDAD

El acto convocó a diversas personalidades nacionales
e internacionales.

Martín Sabbatella lanzó el partido Encuentro por la Democracia y la Equidad.


En un acto al que asistieron alrededor de 1.500 personas, Martín Sabbatella anunció – el 14 de septiembre de 2004 -, el lanzamiento del Partido Encuentro por la Democracia y la Equidad.

En su discurso (ver discurso completo), Sabbatella advirtió que “durante los últimos 29 años nuestro país se volvió enormemente injusto, desigual y violento”, puesto que “el esquema de concentración de riqueza y exclusión social se abrió paso, primero, mediante el terrorismo de Estado y luego con corrupción, frivolidad y manipulación de las instituciones democráticas”. Pero ese periodo “no concluyó con la salida de Menem del Gobierno, aclaró en otro tramo de su discurso, para luego afirmar que estamos acá “porque deseamos una sociedad equitativa; una sociedad que viva en paz y en libertad, en la que nadie esté privado de derechos y en la que el Estado sea motor y garante de la ciudadanía plena de todos los que habitan este querido país”. En el final de su discurso Sabbatella se comprometió a “recuperar la política para la gente”, y para ello convocó a “cerrarle el paso a la injusticia, a dar pelea, a seguir soñando, a recuperar la alegría y a construir entre todos un país con democracia y con equidad”.

El acto se realizó en la sede del Club 77 en la ciudad de Morón. Entre las numerosas personalidades, estuvieron presentes Juan Cabandié (nieto recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo), Mariano Ciafardini (abogado, ex Secretario de Política Criminal de la Nación), Miguel Rodríguez Arias (Psicólogo, cineasta), Juan Carlos Cernadas Lamadrid (dramaturgo, director televisivo), Hermes Binner (ex intendente de Rosario), Aníbal Ibarra (Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), los diputados socialistas Jorge Rivas y Ariel Basteiro, Eduardo Macaluse (presidente de Bloque de Diputados Nacionales del ARI), Mario Cafiero (diputado nacional), Juan Carlos Camaño (Pte. de la Federación Latinoamericana de Periodistas), Daniel das Neves (Secretario General de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires), Marta Betoldi (actriz, directora de teatro) y Mario Pasik (actor, referente del ciclo “Teatro por la Identidad”).

Además, adhirieron al lanzamiento de Encuentro por la Democracia y la Equidad, Pascual Maragall (Presidente de Cataluña y referente del Partido Socialista Obrero Español), Jaime Gazmurri (vicepresidente del Senado chileno y dirigente del Partido Socialista de Chile), Mariano Arana (intendente de Montevideo y dirigente del Frente Amplio de Uruguay), Donato Di Santo (secretario de Relaciones Internacionales del Partido Demócrata de Izquierda de Italia), Eduardo Luis Duhalde (Subsecretario de Derechos Humanos de la Nación), Abraham Gak (Director del Plan Fénix y rector del Colegio Nacional Buenos Aires), Horacio Ballester (Presidente del Centro de Militares por la Democracia), Mona Moncalvillo (Directora de Radio Nacional), Virginia Lago (actriz y directora teatral), Fernando Pino Solanas (cineasta), Cristina Banegas (actriz), Cristina Caiati (Directora de archivos del Cels), Lilia Ferreira(periodista, esposa de Rodolfo Walsh), Fermín Chávez (historiador), Tomas Abraham (filósofo y escritor), José Nun (abogado e investigador) y Martín Hourest (economista), entre otros.








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DISCURSO COMPLETO

Acto de lanzamiento

Partido Encuentro por la Democracia y la Equidad

Discurso de Martín Sabbatella



Muchas gracias a todos ustedes por estar acá…

Siento esta presencia como un enorme abrazo. Más aún... esta presencia es un grito poderoso, inmenso; el de miles de voces que son las suyas, las nuestras y las de muchos otros... las que tantas veces estallaron de alegría, las que muchas otras masticaron bronca, las que nunca se callaron para siempre, las que tienen ganas... las que siempre tienen ganas de decir que es posible...
Siento que nuestra presencia en este lugar -este estar, este ser parte, este protagonismo de todos nosotros- está lleno de sentido y es más intenso, más conmovedor y más profundo que cualquiera de las palabras que yo pueda transmitirles.

Estamos acá porque queremos construir un país en el que la democracia sea la regla de juego de todos y no el mecanismo que algunos manipulan para obtener privilegios. Queremos una democracia que invite al protagonismo, a la participación, y no una democracia simulada, turbia, solapada, que aleja a los ciudadanos de la política, que desampara a los humildes y consagra los beneficios de los poderosos y los corruptos.
Estamos acá porque deseamos una sociedad equitativa y solidaria; una sociedad que viva en paz y en libertad, en la que nadie esté privado de derechos y en la que el Estado sea motor y garante de la ciudadanía plena de todos los que habitan este querido país.
Estamos acá, queridas compañeras, queridos compañeros, porque sabemos que es posible edificar un país sin víctimas: sin víctimas de la pobreza, sin víctimas de la inseguridad, del desempleo, de la marginación… sin víctimas del clientelismo, de la discriminación, del abandono, de la mentira, de la injusticia, del olvido, del abuso, del engaño…

Es fundamental que no le volvamos la espalda a la realidad. Es imprescindible y urgente que seamos promotores y protagonistas de los cambios que nuestro país necesita. Debemos comprometernos a generar alternativas para que la injusticia, la desigualdad o el individualismo no se transformen en los pilares de la sociedad en la que van a vivir nuestros hijos y nuestros nietos. Debemos trabajar sin mezquindades ni especulaciones para ponerle freno a la degradación institucional y social que asfixia a la Nación y a su gente.

Durante los últimos veintinueve años nuestro país se volvió enormemente injusto, desigual y violento. El esquema de concentración de riqueza y exclusión social se abrió paso, primero, mediante el terrorismo de Estado y luego, en los ’90, con corrupción, frivolidad y manipulación de las instituciones democráticas. Una generación entera de luchadores políticos y sociales fue perseguida, encarcelada, torturada y asesinada, mientras se gestaba una brutal transferencia de ingresos que sumergió en la pobreza a más de la mitad de nuestros compatriotas y condenó a la indigencia a uno de cada cinco argentinos.
No fue una desgracia; no fue una consecuencia inevitable de los tiempos que vivimos. Fue un programa sistemático, que cumplió cada una de las etapas que tenía proyectadas, para que sus autores pudieran gozar de privilegios que no merecen y que más temprano que tarde perderán.

Esta enorme degradación social que vivió y vive nuestro país no hubiera sido posible sin una degradación de las instituciones democráticas. Porque para hundir a millones de argentinos en la indignidad hizo falta un Estado degradado, cerrado a la participación, viciado de burocracia, clientelismo y negociados, alejado de su deber de garantizar los derechos de los ciudadanos y cómplice de la injusticia, el enriquecimiento ilegítimo y la consagración de la desigualdad. La corrupción y la concentración de la riqueza son dos escándalos éticos y una tragedia para la democracia.

En los ’90, a través de un perverso cambio cultural, se pretendió endulzarnos con las mieles de un acceso desenfrenado al llamado primer mundo. La libertad de mercado que derramaría riquezas sobre los más humildes se tradujo en desguace del Estado, destrucción del aparato productivo nacional, multiplicación del endeudamiento interno y externo, desempleo, pobreza y marginación. Argentina fue el laboratorio en el que se experimentó la receta más acabada del neoliberalismo y en el que se comprobó su eficacia como método de desintegración y exclusión social.

En esa larga década -que no concluyó con la salida de Menem del Gobierno- se aniquiló la idea de la movilidad social ascendente; más de 7 millones de argentinos de clase media cayeron por debajo de la línea de pobreza, para engrosar un conjunto de casi 20 millones de pobres que hoy intentan sobrevivir en un país en el que hay de todo menos oportunidades. Argentina sufrió una concentración de la riqueza aberrante, que nos coloca entre los países más desiguales del planeta, donde 6 millones de argentinos padecen hambre, a pesar de vivir en una Nación que exporta alimentos para 330 millones de habitantes del mundo.

¿Cómo no vamos a querer pelear y pelear cuando contemplamos semejante panorama? ¿Cómo no vamos a tratar de generar nuevas herramientas políticas, si los partidos tradicionales se vaciaron de contenido y se viciaron de corrupción, más preocupados por la supervivencia de sus dirigentes que por los ideales de transformación que les habían dado origen? ¿Cómo no vamos a intentar juntarnos para enfrentar a aparatos políticos perversos, sostenidos por el clientelismo y la prebenda, dispuestos a abordar el Estado como botín de guerra para aumentar sus privilegios? ¿Cómo no vamos a tratar de sumar a los millones que desde todos los rincones de Argentina quieren contar con fuerzas políticas democráticas, que trasciendan los liderazgos personales y aporten a la construcción de un país más justo, equitativo y solidario?

¿Qué sentido tiene un partido político o un gobierno transformador si su razón de ser no es la lucha contra la pobreza? ¿Qué sentido tiene un partido político o un gobierno transformador si su razón de ser no es la lucha contra la obscena concentración de la riqueza?
Necesitamos generar fuerzas políticas serias y con principios; capaces de interpelar a la sociedad desde lo que creen, sueñan y proyectan, no desde lo que recomienda una encuesta o desde las necesidades del candidato. Necesitamos recuperar en serio el valor de la política, y eso no se logra con slogans más o menos creativos u obligando a la gente a participar de una interna en la que no le interesa participar. Vamos a recuperar la política como herramienta de transformación social cuando seamos capaces de generar fuerzas partidarias democráticas, transparentes, abiertas a la participación y al debate, cuyos dirigentes no sean los más habilidosos para trenzar acuerdos o conseguir cargos, sino los más capaces y los que mejor expresan esos principios, esos ideales, esas convicciones…

Pero, además, vamos a recuperar la política desde la ética y para la gente cuando los que asumimos responsabilidades en un Gobierno, en un Concejo Deliberante, en una legislatura o en el Congreso de la Nación, refrendemos con acciones cada una de las palabras y de los compromisos que contrajimos antes de conseguir el apoyo de la sociedad.
Tenemos que recuperar el valor del discurso político, porque la palabra de los dirigentes está absolutamente devaluada. Hoy en nombre de un mismo partido se dicen cosas totalmente distintas y en nombre de partidos distintos se dicen cosas similares. Lo que es aún peor: diputados, senadores, intendentes, funcionarios o dirigentes que ayer navegaban sobre la ola neoliberal hoy se vuelven profetas de la intervención estatal y se presentan como los enemigos más severos de lo que antes habían aplaudido. El pragmatismo parece ser la madre de la acción política; al menos de la acción política de quienes dicen ser los únicos capaces de gobernar…

Por eso estamos hoy acá. Porque no queremos rendirnos ante el aparente triunfo de la política siniestra. Porque sabemos que es posible alumbrar una nueva política como es posible también otro tipo de relación entre el Estado y la sociedad. Es mentira que existe una sola forma de gobernar. Es mentira que la gobernabilidad sólo camina de la mano de la prebenda, del clientelismo, del “roban pero hacen”. Es mentira que hay un solo barco que llega y que hay que subirse a ese barco, aunque su tripulación esté repleta de delincuentes y prófugos de la ética. Nosotros tenemos que demostrar que es posible generar una gobernabilidad distinta, transformadora, que se oponga a la gobernabilidad del status quo, a la gobernabilidad mafiosa, a la gobernabilidad de las corporaciones y los lobbys… A esa gobernabilidad tenemos que enfrentarle una gobernabilidad de la ética, de la inclusión, de la solidaridad, de la transformación, de la equidad…

¿Y cómo no hacerlo? Hay miles y miles de experiencias de hombres y mujeres en todo el país que -desde espacios gubernamentales y no gubernamentales, desde organizaciones comunitarias, en su comedor, en su barrio, en su gremio, en su club, en su teatro- llevan adelante experiencias absolutamente dignas y plenamente políticas. Mientras los últimos gestores de las viejas prácticas tratan de hacer de las suyas a escondidas, muchos habitantes de este país están transformando la realidad de su cuadra, de su manzana, de su barrio, de su ciudad, de su municipio… y lo hacen con la constancia y la profundidad que sólo da el compromiso con las grandes causas.
Como dice el querido Eduardo Galeano: “Fracasaron quienes prohibieron el agua, porque no pudieron, porque nadie puede prohibir la sed”. Y somos muchos los que tenemos sed de paz, de libertad, de justicia, de verdad, de solidaridad…
Yo tengo una profunda esperanza. No sólo por lo que hicimos acá en Morón, donde pudimos vencer a quienes eran tributarios de privilegios indebidos; donde logramos reconstruir un Estado que piensa integralmente el desarrollo cultural, económico, social y urbanístico de la comuna; un Estado que promueve la democracia de proximidad, que está al lado de los vecinos -sobre todo de los que menos tienen-, abierto al consenso y al protagonismo ciudadano como nunca antes lo estuvo. Yo también tengo esperanza por esas otras epopeyas cotidianas, por esas hazañas de todos los días que protagonizan millones de compatriotas en todo el país. Puede ser que nos ganen algunas batallas; pero siempre llega la hora en la que nadie puede con los que luchan de verdad. Nadie puede con los que ponen amor antes que ambición, con los que ahogan de memoria al olvido; nadie puede con los que derraman verdad sobre la mentira, con los que le cierran el paso al egoísmo juntando sus hombros a los hombros de otros tan diferentes y tan iguales como todos nosotros.

En estos tiempos se habla mucho de la necesidad de una nueva política. Yo mismo acabo de decirlo cuando les hablé de la necesidad de recuperarla como herramienta de transformación de la realidad. Pero quiero despejar algunas dudas que sobrevuelan esta idea: Nosotros pensamos una política repleta de protagonistas, transformadora y democrática, cuyos horizontes son los de la libertad y la igualdad, los de la democracia y la justicia social. ¿Por qué? Porque nuestro país sufre una profunda degradación social y una profunda degradación institucional. Y nosotros no creemos que sea posible sostener instituciones sólidas en un mar de pobres, como tampoco es posible una sociedad equitativa, con distribución justa de la riqueza y oportunidades de crecimiento para todos, sin una democracia fuerte.
Pero no somos los únicos que hablamos de generar una profunda reforma política y del Estado. También los que promovieron o fueron cómplices de esa degradación social e institucional lo hacen. También los beneficiarios de la desigualdad se llenan la boca con la necesidad de transformar la política y mejorar el diseño institucional. Pero nosotros queremos reconstruir la política, involucrar a más y más argentinos en la vida democrática; y ellos no. Ellos quieren achicarla, amurallarla, aislarla aún más; porque cuanto más participativa sea la democracia, cuanto más abierta sea, menos posibilidades tendrán de seguir lucrando a costa del sacrificio ajeno.
Pero además, nosotros queremos y damos pelea por una sociedad que no excluya, que brinde oportunidades; una verdadera democracia de protagonistas. Y para ello es indispensable el funcionamiento eficaz del Estado. A diferencia de ellos, nosotros creemos que el libre juego de los actores del mercado genera concentración de ingresos, marginación y pobreza; y que si el Estado no interviene como garante de la ciudadanía… si el Estado le escapa a su responsabilidad de compensar las desigualdades y redistribuir la riqueza, entonces la inequidad se multiplica y la injusticia crece. No estoy planteando una hipótesis; estoy recordando lo que ocurrió en este país y en Latinoamérica durante mucho tiempo, donde lo único que se derramó fue el hambre, la miseria y la violencia.

Cuando escuchaba recién el saludo de Mariano Arana pensaba en el hermoso momento que están viviendo los compañeros uruguayos. Ya pasaron 33 años del nacimiento del Frente Amplio y recién ahora se vislumbra, claramente, la posibilidad de torcerle el brazo al bipartidismo para llegar al Gobierno de la República Oriental del Uruguay. Luego de numerosas derrotas, pero también después de muchos pasos importantes, el Frente Amplio llegará a la presidencia de este país hermano tan querido. Y será el triunfo de Tabaré Vázquez, pero también el del gran Liber Seregni, el de las compañeras y compañeros perseguidos y asesinados por la dictadura y el de los millones de uruguayos que lucharon y luchan por un país en el que puedan vivir con dignidad.
A ellos les espera la alegría de empezar a escribir otra historia, dar vuelta la página e iniciar una etapa que sin dudas será mucho mejor. Pero el camino recorrido suele enseñar más que el destino que se alcanza. Y nosotros tenemos mucho que aprender de los amigos uruguayos. Tenemos que ser capaces de reconstruir el progresismo, la izquierda democrática en la Argentina; tenemos que abandonar esa actitud testimonial que nos hace sentir más cómodos en los márgenes que en los lugares de decisión; y tenemos que estar dispuestos también a asimilar nuestras diferencias en unidad. La sociedad no se engaña, pero tampoco se suicida. Quiere ser protagonista, como lo está siendo en Uruguay, de la mano de una fuerza política que es un ejemplo para todos nosotros.

Encuentro por la Democracia y la Equidad nace con una ambición transformadora y democrática, con la voluntad de interpelar a los ciudadanos desde ideales y convicciones, con la posibilidad de demostrar que somos capaces de gobernar en forma honesta y eficiente. Pero también lo hace con el mandato de trabajar por la reconstrucción del espacio de centroizquierda; un espacio que tiene que crecer con autonomía, desde el que podamos acompañar, criticar o proponer nuevos temas a la agenda pública. Cada dirigente, cada militante, cada simpatizante de esta fuerza que estamos gestando será además un escritor de la nueva historia del progresismo en nuestro país. Y en esta nueva historia que ya estamos escribiendo no hay lugar para atajos, ni renuncios, ni desvíos. Nada podrá justificar que bajemos las banderas que históricamente levantamos, como nada podrá hacernos enfrentar a aquellos que, desde otras fuerzas de centroizquierda, progresistas o del campo popular, sueñan como nosotros con una sociedad sin excluidos, con democracia, justicia y equidad.

Compartimos una mirada similar sobre la realidad... nos duele parecido el sufrimiento de quienes son marginados... anhelamos una Argentina que crezca con equidad, que se integre al mundo desde un desarrollo complementado con los otros países del Mercosur y de la región, reconstruyendo el aparato productivo local, abriendo fuentes de trabajo digno, eliminando la lógica clientelar que hace que los pobres sean doblemente víctimas: víctimas de un esquema económico que los excluye y víctimas de la extorsión de un puntero que los condiciona. Queremos que en Argentina exista un Estado moderno y eficiente, que promueva un desarrollo justo, que fomente el asociativismo, la cooperación, la planificación estratégica del crecimiento, en la que lo público y lo privado no colisionen sino que se integren para crecer con equidad. Una Nación preocupada en saldar ante todo la deuda con sus hijos, con sus abuelos, con sus jóvenes, con sus mujeres, con sus trabajadores. Una república en la que sus habitantes no sean beneficiarios ni víctimas, sino sujetos plenos de derechos civiles, políticos y sociales, con una Justicia independiente y eficaz, con una educación pública que vuelva a distinguirnos en el mundo y sea una herramienta igualadora de oportunidades, con la salud concebida como un derecho y no como un privilegio o un negocio. Un país en el que estemos orgullosos de vivir, en el que la solidaridad prime sobre el individualismo, en el que la paz se imponga a la violencia, en el que la verdad no tenga agujeros negros, ni la libertad sea un bien transable.
Desde esa comunión de intereses y de ideales tenemos que marchar juntos hacia el país que soñamos; todos los que hoy estamos aquí y los muchos que habrán de sumarse a este proyecto transformador.

Tenemos por delante un camino muy largo pero también muy hermoso. No empezamos a caminarlo solos, ni en este momento. Millones de mujeres y de hombres vienen dando pasos muy importantes desde hace muchas décadas; a veces sufriendo traspiés o derrotas; a veces sin el tiempo necesario para reponerse como hace falta; a veces con errores y muchas veces con aciertos; pero siempre con la mirada puesta en la generación de un país más justo. A esos millones de luchadores dedicamos este encuentro y especialmente, muy especialmente, a quienes fueron perseguidos, encarcelados, secuestrados, torturados, asesinados o desaparecidos durante la última dictadura militar. El futuro habita en la memoria, y nosotros queremos honrar esa memoria caminando con dignidad hacia un mañana mejor.

Si podemos aportar a esa construcción colectiva… si somos capaces de dar todo para que ese horizonte se alcance más temprano… si nuestros hombros están a la altura de los hombros de quienes soñaron y pelearon por un país más justo y solidario... entonces este encuentro no habrá sido en vano... entonces este Encuentro por la democracia y la equidad será el encuentro con la paz, la libertad y la justicia que todos merecemos...

Convocamos a los que creen, a los que luchan, a los que resisten, a los que tienen esperanza, a los que no bajan los brazos, a los que militan, a los que nunca lo hicieron, a los que quieren volver a hacerlo… Convocamos a los que sueñan, a los que sufren, a los que educan, a los que producen, a los intelectuales, a los que esperan, a los distintos, a los iguales… Convocamos a los empresarios, a los trabajadores, a los desempleados, a los estudiantes, a los jóvenes, a los abuelos… Convocamos a los excluidos, a los que no se esconden, a los que son parte, a las Madres, a las Abuelas, a los hijos, a los que no pierden la memoria… A ustedes, a todos ustedes y a todos nosotros los invito y nos invito a juntar nuestros hombros, a cerrarle el paso a la injusticia, a dar pelea, a seguir soñando, a recuperar la alegría y a construir entre todos un país con democracia y con equidad…

Muchas gracias.